Liébana acoge el VIII Congreso Nacional de Ecoturismo en octubre
Liébana no ha sido elegida por su fotogenia —que la tiene—, sino por algo menos exhibible y más decisivo: una manera de habitar el territorio sin exprimirlo. Del 20 al 22 de octubre, Potes será punto de encuentro al acoger el VIII Congreso Nacional de Ecoturismo.
La confirmación, tras la aprobación de la Junta Directiva de la Asociación de Ecoturismo en España y la Secretaría de Estado de Turismo, coloca a la comarca entre los lugares que no solo reciben visitantes, sino que gobiernan el turismo responsable como una práctica sostenida. El congreso se celebrará en el Centro de Estudios Lebaniegos, con la escala adecuada para lo que se discute: entender el ecoturismo no como un eslogan, sino como una cadena de decisiones —movilidad, capacidad de carga, empleo local, conservación— que se toman donde el suelo se pisa y los recursos se miden.

Que Liébana sea “destino del producto Ecoturismo en España” no funciona como adorno. Significa integrarse en una red de 53 destinos que comparten metodologías y estándares, y donde el debate se alimenta de realidades comparables. Quienes han defendido la candidatura hablan de “paisaje vivo”; leído sin complacencia, eso implica que el territorio no es un fondo, sino un sistema: monte, pueblos, ríos y oficios conectados por dependencias reales. En Liébana esa interdependencia se percibe con facilidad: la cercanía a los Picos de Europa, la arquitectura de los valles, el mosaico de bosques y pastizales, la cultura material aún en uso. Aquí, intervenir sin mirar de cerca suele salir caro.
Un congreso para medir el impacto, no para celebrarse
El VIII Congreso Nacional de Ecoturismo nace con un propósito concreto: analizar necesidades del sector y evaluar experiencias y actuaciones de los actores implicados. Dicho sin el barniz institucional: discutir qué funciona, qué se ha inflado y qué se ha quedado a medias. En un tiempo en que “eco” se pega con facilidad a cualquier propuesta, el congreso puede servir como filtro: distinguir entre iniciativas que protegen la biodiversidad y las que solo la usan como decorado; entre empresas que dejan valor en el territorio y las que desplazan costes; entre destinos que planifican y destinos que reaccionan tarde. Por tamaño e identidad, Liébana ofrece un banco de pruebas exigente para ese examen.

“La comarca no solo es un territorio, es un paisaje vivo, un lugar donde la naturaleza, la cultura y las personas conviven en equilibrio.”
La organización recaerá en el Grupo de Acción Local Liébana, junto a la Asociación de Ecoturismo en España. El dato no es menor: el liderazgo local marca la diferencia. Los GAL, cuando trabajan con ambición y escucha, suelen traducir la estrategia en tareas concretas: el alojamiento que necesita formación, el productor que busca canales cortos, el sendero que pide mantenimiento, la empresa de guías que quiere profesionalizarse sin empujar la masificación. Que el congreso se articule desde esa estructura sugiere una agenda con terreno bajo los pies, no solo con declaraciones.
Para el viajero atento —el que no colecciona “experiencias” en abstracto, sino lugares que conservan su coherencia—, la elección de Liébana como sede actúa como indicio. No se trata de convertir octubre en un desfile de acreditaciones, sino de aprovechar la visibilidad para afinar un modelo que ya se ensaya: desarrollo sostenible en destinos de naturaleza donde la identidad local no se reduce a mercancía, sino que organiza la vida cotidiana. La comarca lo sabe: el equilibrio entre actividad económica y conservación no se logra con un fin de semana de buenas intenciones, sino con continuidad, reglas claras y una alianza verificable entre administraciones, empresas y comunidad.
Hay, además, un desplazamiento de foco: celebrar el congreso en Potes, en el Centro de Estudios Lebaniegos, subraya la relación entre naturaleza y cultura. El ecoturismo, cuando es riguroso, no se limita a caminar por un hayedo o a buscar fauna; incluye leer los paisajes agrarios, entender los usos del agua, seguir la lógica de los caminos históricos, atender a los cambios demográficos y a las tensiones de la vivienda. En esa fricción —entre lo biológico y lo social— se decide si un destino será resiliente o solo estará de moda. Liébana, acostumbrada a convivir con el atractivo y la fragilidad, llega a esta cita con una ventaja: su paisaje no admite simplificaciones.
Octubre suele traer a la comarca una luz más oblicua y un ritmo menos urgente: mañanas frías, olor a leña en los pueblos, hojas que empiezan a oscurecer el suelo de los bosques. Es un buen momento para que el sector se mire en el espejo de un territorio que no necesita inventarse: necesita, como tantos lugares valiosos, proteger lo que lo hace singular. Si el congreso consigue que la conversación se sostenga en métricas, gobernanza y beneficios compartidos —y no solo en relatos—, Liébana habrá aportado algo más que una sede: habrá ofrecido un criterio.




