La violencia obliga al cierre indefinido del Parque Tayrona, joya del turismo en Colombia - EL PAÍS

La violencia obliga al cierre indefinido del Parque Tayrona, joya del turismo en Colombia – EL PAÍS

El cierre indefinido del Parque Nacional Natural Tayrona, una de las joyas del Caribe colombiano, no es solo una noticia de orden público: es una señal de alarma sobre el frágil equilibrio entre turismo, violencia y conservación en uno de los ecosistemas más emblemáticos de América Latina.

En la costa norte de Colombia, donde la Sierra Nevada de Santa Marta se desploma hacia el mar en un encuentro abrupto de selva, roca y arena, el Parque Tayrona se había consolidado como símbolo de éxito turístico y orgullo nacional. Más de 400.000 visitantes al año llegaban atraídos por sus bahías de agua quieta y transparente, por senderos que se abren paso entre ceibas, palmas y raíces enredadas, y por la promesa de un paisaje aún respirable. Hoy, sin embargo, los accesos están cerrados sin fecha de reapertura: la violencia, esa herida persistente del Caribe colombiano, vuelve a imponerse sobre el territorio.

El anuncio del cierre, motivado por amenazas, disputas entre grupos armados y riesgos para la seguridad de visitantes y comunidades locales, expone una realidad que muchos preferían mantener fuera de foco. Tayrona no es una imagen aislada en un folleto, sino un espacio atravesado por economías ilegales, conflictos históricos por la tierra y un modelo turístico que, pese a los esfuerzos de las autoridades ambientales, ha tenido que coexistir con la presencia de actores armados. La violencia en torno al Parque Tayrona no es un hecho puntual, sino el síntoma de un conflicto que se desplaza, muta y se adapta a los nuevos flujos de dinero y de personas.

Turismo en pausa: impacto en comunidades y conservación

El cierre indefinido tiene un efecto inmediato y profundo en la economía local. Guías, lancheros, cocineras, hostales comunitarios, transportistas: cientos de familias dependen de la temporada alta para sostener el resto del año. En los pueblos de entrada al parque, como El Zaino o Taganga, el turismo no es un extra, es la línea que separa la estabilidad de la incertidumbre. El cierre del Parque Tayrona por violencia interrumpe de golpe ese flujo de ingresos y deja al descubierto la vulnerabilidad de un modelo económico concentrado en un solo atractivo.

La paradoja es que la ausencia de visitantes no garantiza una mejor conservación. Sin miradas atentas ni presencia institucional constante, aumentan los riesgos de caza furtiva, tala ilegal o expansión silenciosa de cultivos ilícitos en las zonas de amortiguación. La experiencia en otros parques de Colombia muestra que la presión turística, bien gestionada, puede convertirse en aliada de la protección: genera recursos, justifica la presencia del Estado y teje redes de vigilancia informal. Cuando el turismo desaparece de un día para otro, el territorio queda más expuesto a quienes operan en la sombra.

El silencio de las playas vacías puede parecer un respiro para la naturaleza, pero también puede ser el eco de un retroceso en la gobernanza del territorio.

El Tayrona es, además, un espacio sagrado para los pueblos indígenas de la Sierra Nevada: koguis, wiwas, arhuacos y kankuamos han defendido durante décadas la idea de una «Línea Negra» que resguarda sus sitios de pago espiritual y su relación con el mar. Para ellos, la violencia no es solo un problema de seguridad, sino una fractura en el equilibrio entre montaña, bosque y océano. El cierre del parque, impuesto por amenazas externas, también limita su capacidad de ejercer control ancestral sobre un territorio que consideran vivo, con memoria y conciencia propia.

¿Qué futuro para la joya del Caribe colombiano?

El caso Tayrona obliga a repensar el papel del turismo en contextos de conflicto. No basta con vender la imagen de un refugio seguro mientras, tierra adentro, se reconfiguran rutas del narcotráfico y economías ilegales. El turismo sostenible en Colombia solo será viable si se integra en una estrategia amplia de paz territorial: presencia efectiva del Estado, protección a líderes comunitarios, alternativas económicas para jóvenes y campesinos, y una política clara frente a los grupos armados que se disputan el control del Caribe.

Para quienes viajan, el cierre es una invitación incómoda pero necesaria a mirar más allá del catálogo de playas. Implica preguntarse de dónde proviene la aparente calma de un destino, quién se beneficia del dinero que dejamos y qué huella política, además de ecológica, deja cada viaje. Elegir operadores que trabajen con comunidades locales, informarse sobre la situación de seguridad y apoyar proyectos de conservación comunitaria son gestos modestos, pero forman parte de una ética del viaje que el Tayrona exige con urgencia.

El regreso de los visitantes al parque, cuando ocurra, no debería traducirse en un simple «volver a lo de antes». La situación previa ya mostraba sus límites: masificación en temporadas altas, presión sobre ecosistemas frágiles, tensiones con comunidades indígenas y campesinas, y una paz siempre condicionada por la presencia discreta de grupos armados. El reto es aprovechar esta pausa forzada para replantear los cupos de ingreso, fortalecer la participación de las comunidades en la gestión del área protegida y garantizar que los beneficios del turismo se distribuyan de forma más justa y transparente.

Mientras tanto, el Tayrona permanece en una especie de suspensión: las olas siguen golpeando las rocas pulidas por siglos de sal, los monos aulladores mantienen su coro ronco al amanecer y las corrientes marinas continúan arrastrando semillas, hojas y nutrientes a lo largo de la costa. Pero algo sí ha cambiado: el cierre indefinido recuerda que ningún paisaje está a salvo cuando la violencia se instala en sus bordes. El futuro del parque, y de tantos otros destinos de naturaleza en Colombia, dependerá de la capacidad colectiva para asumir que no hay turismo de calidad sin seguridad, ni seguridad duradera sin justicia social y ambiental.

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